Logosoma

El sufijo OMA se usa en biología para describir los diferentes niveles de estudio. El genoma, por ejemplo, sería el conjunto de todos los genes. Recientemente ha empezado a aplicarse a multitud de conjuntos: transcriptoma, interactoma, metaboloma, proteoma... y así hasta donde la imaginación alcance. ¿Por qué no aplicarlo también al mundo de las letras? Nace así el logosoma, el conjunto de todas las palabras, un nombre adecuadamente desmesurado y pedante; mi Ego no admitía menos.

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Lugar: Valencia, Spain

domingo, septiembre 11, 2005

Eric Ojos Brillantes

Ante todo, tengo que confesar que le tengo manía a los escritores ingleses "clásicos" (los de principios de siglo XX hacia atrás). Su estilo me resulta de lo más cansino y las acciones de sus personajes se me atragantan (me he tenido que arrastrar hasta el final de más de una novela británica de las consideradas obras maestras). Sin embargo, en todo hay excepciones, destacando dos nombres: Rudyard Kipling y Henry Rider Haggard.

Hoy toca escribir sobre el segundo.

Haggard es conocido principalmente gracias a "Las minas del rey Salomón", la aventura más famosa del cazador Allan Quatermain (llevada al cine en varias ocasiones, todas ellas sin aspirar a constituir una adaptación fidedigna, aunque al menos con la de Richard Chamberlain me divierto). Siendo una gran novela, en realidad es su continuación, titulada simplemente "Allan Quatermain", aquella que tengo en mayor estima (cosas de constituir uno de los libros más releídos de mi infancia). Un poco menos famosa es su serie sobre Ella, la que debe ser obedecida (incluso inventó el crossover, ya que tiene una novela titulada "Ella y Allan", a la que aún no he podido echar mano).

Entre sus novelas de aventuras, ambientadas en escenarios exóticos (África sobre todo, pero también el Nepal, el antiguo Egipto, el imperio azteca...), destaca aquella a la cual va dedica esta entrada, "Eric Ojos Brilantes", que podría considerarse como una de las primeras (si no la primera) novelas que se ciñe a los esquemas y arquetipos de lo que actualmente conocemos como Espada y Brujería (una novela marginalmente de Allan Quatermain, "Allan y los dioses del hielo", también podría encuadrarse en este género; lo de marginalmente viene porque al parecer utiliza como mera excusa para vender mejor el libro a su personaje más famoso, ya que en realidad poco papel tiene el antedicho cazador blanco, que se limita a transmigrar al cuerpo de un cavernícola y asistir pasivamente al desarrollo del drama prehistórico).

Pero volvamos con Eric. Según las propias palabras del autor, se trata de "un romance construido según el modelo de las sagas nórdicas". Fascinado por estos antiguos poemas épicos, que descubrió en el transcurso de uno de sus muchos viajes, dedicidió presentar una narración que retuviera parte de lo que hace tan especiales estos cantares que nos han llegado a través de los siglos, actualizando el lenguaje y limando las características particulares que pudieran contrariar a sus lectores contemporáneos (como la profusión de genealogías y las múltiples disgresiones).

Básicamente, cuenta la historia de Eric, un joven vikingo, que se enamora de Gudrura, la hija de un jefe local. Sin embargo, por culpa de los celos de un bruja, Swanhild, los jovenes amantes verán separados sus destinos por un tiempo, hasta que su reencuentro acarrea la desgracia para todos.

No, no me he vuelto loco y quiero chafaros la sorpresa. Esto lo cuenta (con muchos más detalles) el propio Haggard en la página seis. He aquí una de las características principales de la novela: en vez de utilizar la sorpresa y el qué pasará para enganchar al lector, Haggard va contando pormenorizadamente todo aquello que va a acontecer (mayormente, tragedias), introduciéndonos así en un mundo de predestinación y fatalismo, tal y como interpreta la cultura vikinga, donde no importa tanto el fin como los medios.

Otra característica que la diferencia de otras novelas del mismo autor o de coetáneos suyos, es la inclusión del elemento mágico (brujas, cabezas cercenadas que profetizan, pócimas...), que lo acercan y convierten en precursor de autores como Robert Ervin Howard (Eric podría pasar por un Conan rubio, o más bien a la inversa, Conan es un Eric moreno). Se trata de un paso más allá de las típicas historias sobre civilizaciones perdidas que proliferaban por entonces (de las cuales, "Las minas del rey Salomón" constituyen uno de los ejemplos más notables), en una época en la que el mundo se estaba quedando sin espacios vírgenes para el misterio, sin mundos perdidos por descubrir.

Con la magia se abren nuevas posibilidades y se deja una puerta abierta a lo desconocido.

Independientemente de estas consideracioes, "Eric Ojos brillantes" es una grandísima novela que vale la pena leer y disfrutar. El año 1991, coincidiendo con el centenario de su publicación, Ediciones Miraguano la editó en su colección La Cuna de Ulises, y a quien no le asuste leerla en su idioma original y en versión electrónica, puede encontrarla fácilmente en internet, dado que Haggard murió en 1925 y su obra está libre de derechos de autor. Por ejemplo, en el siguiente enlace, puede encontrarse junto con una veintena más de sus novelas.